sábado, 18 de octubre de 2008
viernes, 5 de septiembre de 2008
Propiedades y características de los textos, documentos
Dimensión compleja de la escritura
Aprendizajes espontáneo y comprometido
La escritura como proceso cognitivo y comunicativo
Un modelo teórico para entender el mundo del escritor
Importancia de la etapa de planificación de la escritura
Los borradores, testigos de la recursividad de la escritura
Estrategias interactivas y pragmáticas
Estrategias de producción semántica
Estrategias para establecer la coherencia local
La lectura como proceso cognitivo y comunicativo
Estrategias y tareas para la comprensión lectora
Coherencia y cohesión, ejercicio 6
Ejercicio de Cohesión. Consigna: Leer "Literatura con vallas" de Leo Masliah y señalar en el texto los mecanismos de cohesión. Luego escribir un informe explicando cómo funcionan estos mecanismos para la creación de la coherencia del texto y la interpretación del lector.
Literatura con vallas
El ómnibus se detuvo en el kilómetro doscientos once. Marisa bajó y el chofer también, para entregarle su equipaje. Cuando el ómnibus retomó su marcha Marisa empezó a caminar. Eran parajes de tierras rojizas. Ignoro por qué tenían este color; en verdad no sé nada de geología.
Marisa caminó un par de kilómetros y se sentó a descansar sobre su equipaje. Ignoro si hacía calor o frío porque no sé nada de meteorología (además yo no estaba allí). Marisa quería levantarse y seguir su camino, pero tenía dolores en la pelvis. Nada puedo decir, por desgracia, sobre el origen de estos dolores, porque carezco de los más elementales conocimientos de ginecología.
Mariza hizo acopio de fuerzas y se levantó. Para orientarse mejor sacó de su bolso unos binoculares (o quizá fuera un catalejo; no sé nada sobre instrumentos ópticos) y echó una ojeada a los confines de su visibilidad. Avistó una figura humana, mosqueando en el horizonte. Caminó hacia ella. La figura caminaba a su vez hacia Marisa. Esto es lo que creo, aunque no me respalda en ello ningún conocimiento de geometría.
Unos minutos después la figura se hizo reconocible para Marisa. Era un hombre. Andaba casi desnudo y estaba peinado y maquillado con arreglo a las normas vigentes en el grupo humano, tribu, clan o a lo que fuera que él pertenecía. No quiero dar detalles sobre esto por miedo a meter la pata, ya que no sé absolutamente nada de antropología.
Cuando lo tuvo cerca, Marisa sacó su cámara fotográfica. Creo que se puso a regular el fotómetro, y no sé cuántas cosas más. Marisa era una excelente fotógrafa, pero yo no solamente no lo soy sino que no tengo la más puta idea de cómo se saca una foto. Parece que aquel hombre tampoco la tenía, porque cuando vio el artefacto se asustó. Se acercó a Marisa y le arrancó la cámara de las manos. No conforme con esto, le arrancó también la ropa y —ya con más delicadeza— se sacó él mismo la poca que traía puesta.
Entonces ocurrió algo que que me veo incapacitado de describir, quizá por falta de experiencia personal en la materia. No sé nada sobre sexo, y creo que por ahí corría el asunto. (Perdón si en algún momento me expreso de forma confusa o incorrecta; es que no sé nada de gramática.) En verdad la única disciplina que domino es la literatura. Sinceramente, creo que sé más que nadie en esta materia. Pero ya no puedo escribir más, lo siento. Mi falta de formación en otras disciplinas me lo impide, interponiéndose constantemente entre mi pluma y mis lectores. Esta traba merecería de mi parte, sin duda, un profundo estudio, pero yo no lo puedo hacer porque no sé nada de epistemología.
Sólo me queda entonces decir adiós, y gracias (no sé si corresponde despedirme así; perdón, pero es que no sé nada sobre modales).
A Goyito, Manuel Bonasso, coherencia y cohesión
Ejercicio Nº3: Coherencia. Consigna: Leer el texto "A Goyito" de Miguel Bonasso -Señalar los elementos del texto que participan de la coherencia global. -Cómo influyen los marcos de conocimiento en el texto de Bonasso. -Extraer la macroestructura y realizar una interpretación propia.
A Goyito<
Me miró con picardía y agregó:
–Porque me imagino que vaz a ezcribirla, ¿no?
Asentí, riéndome, convencido de que el viejito ceceoso, retacón, de barba mefistofélica, que disfrutaba de aquel asado en casa, era eterno como el agua y el aire.
Fue hace apenas un año y Gregorio Levenson (Goyito), que ya había cumplido 92 trajinados abriles, discutía de política con su acostumbrada vehemencia, trazando proyectos que le garantizaban su propia presencia en el futuro. Así había vivido siempre por otra parte, navegando con dureza y coraje sobre un océano de tragedias individuales y colectivas.
Pero la ley severa lo alcanzó el miércoles pasado, tras una serie de dolorosas peripecias características de la vejez: se cayó, tuvieron que operarlo de la cadera, se recuperó milagrosamente, volvió a caerse, regresó a terapia intensiva, salió una vez más del trance y cuando parecía que zafaba por enésima vez en la vida comenzó a despedirse de todos. Empezando por sus adorados nietos Laura, Martín y Alejo. (Alejo podía ser el título de un capítulo de su vida que parece arrancado de las páginas de un Edmundo D’Amicis, porque era un nieto perdido que recuperó después de revolver cielo y tierra durante años).
Cuando lo visitamos con Ana en el sanatorio, salió del sopor para sonreírnos, pero la mirada ya estaba anegada de sombra y pensamos que él mismo estaba decidiendo la retirada para no someterse a la decadencia, a la dependencia de los otros, a la pura inmovilidad de la espera. Y sin embargo, el miércoles a la noche, cuando lo veló una muchedumbre de amigos, muchos pensamos que tenía cara de enojado. Que estaba furioso contra esa muerte que le impedía analizar la coyuntura, trazar un nuevo proyecto político, ayudar a los chicos de la calle, discutir y disfrutar de la noche con tantos y tantos que lo teníamos como padre postizo. Como padre político, en el más amplio sentido de la palabra.
Su biografía sintética dice que este hijo de inmigrantes polacos –cuya madre había conocido a Rosa Luxemburgo– nació en 1911 y empezó a militar a los catorce años, a la misma edad en que comenzaría a colarse con otros reos del barrio en los burdeles de San Fernando. Lo arrestaron por primera vez en 1927, durante una protesta anarquista por la ejecución de Sacco y Vanzetti. Se recibió de bioquímico y se radicó en Avellaneda, en cuya zona fabril se sumergió en las organizaciones obreras de la época. Allí conoció a su esposa, Elsa “Lola” Rabinovich y allí nacieron sus tres hijos: Alejo, Bernardo y Alfredo.
Su ficha de militante, una de las más nutridas y tenaces de la historia argentina contemporánea, dice que se inició en el yrigoyenismo, siguió luego en el Partido Comunista, del que se apartó en el ’45 para sumarse al peronismo, y a fines de los sesenta fue el padrino sabio de jóvenes como sus hijos Alejo y Bernardo que crearon las proto FAR, aquel grupo de apoyo al Che en Bolivia que luego se transformaría en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), una de las organizaciones guerrilleras que se fundirían con otras en Montoneros.
El compromiso revolucionario le significó cárcel y exilio y algo mucho más difícil de sobrellevar: la pérdida sucesiva de sus hijos Alejo y Bernardo, muertos en combate, y su esposa Lola, desaparecida en la Escuela de la Mecánica de la Armada. Una sumatoria atroz de pérdidas que no lo anuló ni lo convirtió en un resentido. Que no le impidió asumir nuevos compromisos, como su generoso trabajo con los chicos de la calle, ni le arrebató un sentido del humor que a veces se cebaba consigo mismo. Ni pudo con esos furcios antológicos, que su ceceo agigantaba, como llamar Atalaya Giménez al Ayatola Jomeini, o Ejemón a Perón. Los que estuvieron exiliados en España aún recuerdan aquella ceremonia en el Palacio de la Zarzuela, cuando Goyo habló en nombre de los familiares de desaparecidos y empezó su discurso con estas palabras: “Acá eztamos, en prezencia de los Reyez Católicoz”. Para agregar, cuando se apagaron las sonoras carcajadas de Don Juan Carlos: “Porque me imagino que zerán católicoz”.
La promesa está cumplida, Goyito querido. Sólo falta la cita del venezolano Alí Primero que vos metiste en tu autobiografía (“De los bolcheviques a la gesta montonera”, Colihue, 2000). Ahí te va: “Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos y a partir de este momento está prohibido llorarlos”.