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sábado, 12 de enero de 2008

PAISAJES DE LA POSTGUERRA EN NADA

Adriana E. Minardi
Universidad de Buenos Aires
adrianaminardi@hotmail.com


“Pero lo indecible cogió un trozo de su traje
y comenzó a borbotear y a buscar palabras”
F. Nietzsche, Así habló Zaratustra
Urbanidad-viaje: la construcción del desvío
La literatura española de los años cuarenta inicia, en principio, una refundación del propio trabajo con la textualidad. Pese a las críticas, como la de E. G. de Nora a propósito de una falta de sentido social en Nada [1], o las de García Viñó respecto del tratamiento lingüístico [2], la generación de postguerra encuentra su rasgo principal en un elemento indicial basado en el trayecto de una representación de lo paralingüístico, entendido como señala Ford en este caso, en tanto huellas de los significados ya que “en tiempos de crisis hay más signos para interpretar”. Nos parece que no puede cerrarse la cuestión en el reduccionismo de entender la denuncia sólo en la argumentación sino también en la narración que, como señala M Angenot, son los dos grandes modos de puesta en discurso.
El personaje de Andrea no se configura como narrador omnisciente sino como un testigo que desde un tiempo cero de la escritura, busca reconstruir la memoria de una época. Memoria individual, fragmentaria que necesita actualizarse en verbos de percepción y en la duda y la reflexión para poder enunciar. Este elemento indicial está basado en el tratamiento de los cuerpos. De esta manera, el énfasis no está puesto en el lenguaje, como harán los novísimos, sino en la perspectiva del cuerpo, mediante una narrativa que trabaja los trayectos de lo obtuso y de lo abyecto; es decir, como señala R. Barthes [3], lo obtuso nos permite la lectura del nivel connotativo, la entrada en una textualidad que no enuncia explícitamente sino que denuncia con la operación del desplazamiento; Nada (1944) trabaja con la mirada del recorrido de los cuerpos. La operación que posibilita este trayecto de decir lo no dicho está ligada a la construcción de la representación del desvío que funciona también como su justificación. Si Andrea habla, es porque habla sobre, no porque se cuestione acerca de si misma; Andrea no necesita un destinatario que construya el sentido, no persuade; Andrea muestra con sus trayectos los efectos del entorno. No habla pero termina hablando por medio de un contexto. Hace hablar a la ciudad, hace hablar al espacio de lo interno (la casa de la calle de Aribau) y de lo externo (Barcelona, sus calles, y la Universidad). El viaje es la metáfora clave y la estrategia textual que posibilita la denuncia de lo que se silencia. La mirada provee lecturas, enmascaradas bajo la descripción; Andrea justifica su enunciación mediante la mediación de la mirada. Nadie habla, se describe lo que resulta visible; en fin, se enmascara lo obtuso con otra mediación: la de lo obvio.
Pero en ese gesto de lo implícito, el viaje funciona como desvío para el encuentro con la urbanidad. Las grandes ciudades tienen como núcleo lo problemático, la masa, la acumulación pero también la libertad del anonimato en oposición al pueblo. Esta fragmentariedad de la memoria, como bien describe Reig Tapia [4], se funda en las relaciones entre historia y experiencia. La narrativa de postguerra basa su intencionalidad semántica en el testimonio: narradores personajes que construyen su identidad en sociedades desarticuladas,

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