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jueves, 10 de enero de 2008

NADA, C. LAFORET, LA PULSIÓN LÉSBICA

FIGUEROA, Ana B. NADA DE CARMEN LAFORET: LA PULSIÓN LÉSBICA COMO VERDAD NO SOSPECHADA. Alpha, jul. 2006, no.22, p.169-181. ISSN 0718-2201.

Parte de la crítica que ha estudiado la novela Nada ha llegado a la conclusión que se trata de un bildungsroman1;una novela de crecimiento personal y de búsqueda de identidad por parte de Andrea, la protagonista. Ésta tiene la necesidad de reconocerse como ser humano frente a un mundo, frente a una sociedad y, sobre todo, frente a ella misma. La novela, en efecto, desarrolla el desafío de una evolución posible, un tratar de establecerse dentro de un espacio social y, como tal, trae problemas de definiciones ya estatuídas que no caben dentro de la apreciación del ser humano integral, siempre móvil, siempre en crecimiento. La Andrea del relato es una adolescente que se ve enfrentada a múltiples situaciones que la obligan a un continuo mirarse y evaluarse. Pero existe otra Andrea, voz enunciadora que desde un presente mira al pasado y, en este sentido se rompe el bildunsgroman, puesto que esta mirada es la de un ser capaz de auto-evaluación. Es esta mirada hacia el pasado la que conforma el relato y, al mismo tiempo, configura la personalidad de la protagonista en el futuro. La narración, así, es un movimiento hacia adentro, hacia lo íntimo, en un intento, por parte suya, de entenderse como mujer en un ahora que le exige explicaciones. Su pasado se plasma en verbos en pretérito y en un constante recordar, acción que es en sí misma subversiva, puesto que desentraña de la psiquis humana la violencia primaria causante de los órdenes genéricos, del orden social que, en definitiva, resultan en la anulación del ser que debe integrarse dentro el espacio conferido, limitado y constreñido por las normas sociales2 . Será en la reconstrucción de la memoria que Andrea podrá evaluar los cimientos en que fundamenta su persona, su ser como sujeto, como cuerpo y como género para, así, proyectarse hacia el futuro.

Andrea quiere rescatar de su pasado aquello que ha ido significando su existencia, pero que no le ha permitido establecerse como una entidad propia de ser humano. Por el contrario, las características emocionales que conforman al personaje van actuando de forma que este sujeto sólo logra ver trazos de una identidad que se presenta como la verdad no sospechada de la que habla el epígrafe de la novela.3

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